SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

No me queda duda,
hay algunas cosas que no cambian.
Otras por su parte,
simplemente desaparecen.



El tema era "El Absolutismo".
Llegó a su casa casi a las dos de la mañana y no había preparado la clase para el día siguiente. Era muy tarde y la espalda le dolía por el exceso de tiempo sentado, manejando casi seis horas sin parar, buscando pasajeros. Y, pues, la presión de sostener un hogar con desdenes mensuales, con un hijo a cuestas y una enfermedad pulmonar, lo obligaban a taxear en sus horas libres.
Se acostó.
Por la mañana -a las cinco más precisamente- se levantó con el mismo ánimo de todos los días, como lo hacía hace ya casi treinta años. Entró de frente al baño. Escupió el recado de saliva nocturna. Mientras se daba un baño con agua fría pensaba qué haría hoy con ese salón, con esos alumnos que lo sacaban de quicio, con los que no podía lidiar. Recordó lo que alguna vez le dijeron en una de esas clases de pedagogía: "párate, coge tu libro y díctales". No había de otra, no tenía ni tiempo ni cabeza para pensar en procesos cognitivos, capacidades, competencias, etc. "Nada de esa basura", pensó.
Un nuevo día. Salió.
A unas cuadras del colegio presenció un cuadro en medio de la apurada mañana: el mercado donde acostumbraba entrar a tomar desayuno cuando su día se calmaba, estaba siendo desalojado por policías antimotines, camiones de desmonte, cargadores frontales y algunos entes más que terminaban de dibujar el hecho. La gente peleaba. Observó. Era el inicio que necesitaba. No sabía el porqué de la situación y eso era lo de menos, muy probablemente algo inventaría.
Al entrar al aula dejó su maletín a un lado del pupitre y se fue hasta el fondo del salón, ahí esperó que los alumnos estuvieran completos. Habiendo llegado el último -según su cálculo- tomó una silla rota de las que esperan piedad en la esquina y la lanzó contra la pizarra. Ésta se terminó por destruir. Los alumnos desconcertados sólo atinaron a buscar con la mirada su rostro para descifrar la razón de dicho acto, no se animaban siquiera a preguntar. Guardaron silencio todos, en absoluto. Su mirada no decía nada. Los contempló uno a uno, cada rostro. Vio también sus manos, dónde las colocaban. Cuando tuvo al salón pendiente de sí, preguntó: "¿puedo empezar?".
Cogió el libro y empezó a dictar, párrafo por párrafo, cosas que ni él mismo entendía y mucho menos se daba el trabajo de cifrar y recordar. Evidentemente los alumnos en pleno estaban callados. Dictaba sin poner atención a sus palabras, mientras pensaba: "¡qué grandes e indescifrables son los secretos de la violencia!".
Cuando disfrutaba del arrullo de su voz, cobrándole al gobierno horas de sueño, durmiendo despierto mientras sus alumnos copiaban, escuchó una voz que lo trajo de nuevo a la realidad. Un alumno lo había quedado mirando desde hacía ya varios minutos. Lo que alcanzó a escuchar fue: "profesor, ¿por qué nos dicta si nosotros también tenemos libro?", a lo que él respondió: "¿tú vienes al colegio a aprender o a quejarte?, por último ¿acá quién es el profesor, tú o yo?".
La clase terminó y salió del salón con la absurda -para él- sensación de haber hecho algo mal. Pensó: "no creo".
Al llegar la noche regresó a su casa, se cambió de ropa y salió a conducir su taxi, una vez más, por la ciudad.
El día de hoy hizo una clase magistral, "El Absolutismo" terminó siendo un aprendizaje significativo.

2 comentarios:

Rómulo Torre Toro dijo...

Estoy canasado. Acabo de publicarun nuevo post en mi blog. A ver si lo revisas, chochera. Revisaré tu blog. Un abrazo. No ´se cómo manejar esto de los seguidores y los blogs que sigo, Necesitaré tu asesoría. Já.

Fernando Waroto dijo...

Absolutismo...ya veo.